CIUDAD DE MÉXICO, MÉXICO, TANUGARCIA

Cuando México me dio su mayor lección de vida

Como muchos saben, soy una argentina viviendo en México hace 6 años. Pero el 19 de septiembre y con un terremoto de 7.1 todo cambió para mí.

 

A las 13:14 hs preparaba un artículo sobre mi hermosa Córdoba, Argentina. Estaba emocionada porque ya casi lo tenía listo. Y de repente, de un segundo a otro, la furia de la tierra me hizo salir corriendo de un segundo piso, sin respiro ni tiempo para pensar.

Al salir, una nube de polvo de un edificio que se derrumbaba me hacía saber que eso se estaba convirtiendo en una tragedia. A partir de ese momento empezó una película de terror, para mí y para mucha gente. Pero en esos momentos de histeria, de pánico y shock, había algo que me hacía sentir un poco de paz: no estaba sola a pesar de no tener a nadie conocido cerca.
Sólo habían pasado 3 minutos, y la gente ya se quitaba su saco para remover escombros. No sé de dónde salieron, pero rápidamente había alguien dirigiendo el tráfico, informando alguna fuga de gas, o posibles colapsos de edificios.

Una señora, sin conocerme, sacó de su bolsa unas chanclas porque en el susto de salir, no me percaté de que estaba descalza. Otro me cargó por los vidrios que había en el piso. Ninguno me conocía, pero no les importaba…  Y yo en medio de la confusión recuerdo perfectamente preguntarme ¿Cómo pueden tener ese corazón tan grande? ¿Cómo lo están haciendo?

Por primera vez entendía todas las frases de México: “Mi casa es tu casa”, “Primero Dios”, “Cuando te toca, ni aunque te quites, y cuando no te toca, ni aunque te pongas”.

Debo admitirlo. Un día estuve en pánico y alerta de cualquier sonido. Cualquier ruido parecía la alarma sísmica, y todo se movía. Creo que muchos vivimos esa situación. Pero en medio del temor, algo me daba paz: La ayuda incondicional de los mexicanos.

Cuando intenté regresar a casa, a las horas y con un terrible miedo, la realidad me indicaba que México es un país que derrocha amor.

Los mexicanos tomaron la ciudad sin miedo, y con un sólo objetivo: ayudar al otro.

No sé como lo hicieron, pero conocían perfectamente su rol: algunos ordenaban el tráfico, otros trasladaban en sus bicicletas lo que fuera necesario y a toda velocidad. Tenían el reporte exacto de lo que hacía falta en cada lugar. Pusieron letreros dando todas las indicaciones.

Los que estudiaban arquitectura salieron a revisar los daños de las viviendas, los de enfermería a atender a las personas, los psicólogos a ayudar a gente, los artesanos a cambiar sus  artesanías por víveres, los músicos a calmar y dar un poco de paz. ¡Cada uno ayudando cómo mejor podía hacerlo!

Y quiero aclarar que no fueron casos puntuales, ni son imágenes buscadas entre las piedras por los periodistas: fueron todos.

Por eso hoy más que nunca quiero aplaudir a México. A su gente. ¡Son un ejemplo para el mundo! A mí me dieron una gran enseñanza de vida. Entiendo ahora la sonrisa con la que empiezan cada día y su amabilidad.

Gracias México.

 

 

 

 

 

 

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