Un Día de Muertos que me marcó
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Un Día de Muertos que me marcó

No voy a mentir. Siempre me resultó algo extraño: Una cultura que celebra la muerte y le encuentra un sentido a lo que sucede después de ella. Algo que he podido admirar en todos estos años viviendo en México, sin comprender o sentirme parte de ese festejo. Sin embargo, este 1 de Noviembre de 2017, cuando estuve frente a la Mega Ofrenda ubicada en el Zócalo de la Ciudad de México, entendí TODO.

Cada año, a finales de octubre, México se tiñe de naranja. La flor de cempasúchil que por cierto, todavía estoy aprendiendo a pronunciar, invade los parques y jardines. Agua, calaveras, pan de muerto, retratos y papel picado son sólo algunos de los elementos que se pueden ver en los diferentes altares y ofrendas.

Un ritual que llama la atención de todos los turistas: colorido, alegre y con música.

A simple vista se podría decir que parece una gran fiesta. Pero lo cierto, es que esta tradición que lleva cientos de años, esconde todo un verdadero significado.

Considerado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, el Día de Muertos es una celebración en donde, por unos días, es posible el retorno transitorio de los seres queridos fallecidos. No hay lágrimas, no hay tristeza.

Y en el 2017, hubo un altar que de verdad me marcó: La Mega Ofrenda del Zócalo que rindió homenaje a rescatistas y a fallecidos durante el sismo del 19 de Septiembre.

Debo decir que sentí escalofrío al llegar al centro de la Ciudad de México, que de por sí es imponente, y ver los esqueletos que representan a aquellos brigadistas que trabajaron durante las labores de rescate en el terremoto del 19 de septiembre. Su puño en alto, que en los días posteriores al sismo significaba silencio para escuchar el pedido de ayuda de alguna víctima, hoy nos recuerda lo sucedido y nos ayuda a no olvidar. Sus manos enlazadas a otras, muestran la unión de un pueblo que no se rindió ante la terrible catástrofe.

 La ofrenda estaba conformada por diferentes áreas. Un sector denominado “memorial” representando a los estados que fueron más afectados, tanto por el terremoto del 7 de septiembre, como el del 19.

Se pudo ver a Puebla, Morelos, Guerrero, Chiapas, Oaxaca y la Ciudad de México a través de los personajes más representativos.

 

En otro sector, se encontraba un árbol de la vida, donde la gente colocó fotos de sus difuntos. Allí mismo, también se encuentran las ofrendas tradicionales con flores, sal, calaveras, cráneos y pan.

En 4 puntos, se encontraban unos tapetes de aserrín. No sabía muy bien de qué se trataba hasta que leyendo descubrí que representan los cuatro puntos del universo. Incluso hay un pensamiento que explica que las personas que fallecen, van hacia alguno de esos puntos dependiendo de la forma en que murió.

Pero el sector que más me conmovió fue el último: Los personajes de la sociedad civil, que participaron durante el sismo. Esos héroes, que trabajaron día y noche para rescatar a las personas.

 

Antes de ir, pensé que podría resultar algo triste recordar. Pero estando allí, entendí que hay otro modo de ver la vida. Y la muerte.

México desde antes de la llegada de los españoles, honraba a los muertos. Y hoy, lo sigue haciendo. Mantiene en vivo esa costumbre, que por muchos años le dio un consuelo, y una oportunidad de volver a estar con los seres queridos.

Algunos me han compartido su pensamiento, basado en que el Día de los Muertos es una celebración de la vida, y un modo de volver a compartir un momento con nuestros antepasados. Es por eso, que se vive de un modo alegre, con música, color, incluso con rica comida. La gente prepara los platillos favoritos de sus muertos. Les prende velas.
Otros pasan el día, y a veces también la noche, en el cementerio. En fín. Cada uno, los recuerda a su manera.

Pero lo cierto, es en que estos días, el país se transforma. Y México, a través de sus tradiciones, nos enseña que podemos ver el mundo exactamente lo contrario a cómo otros podrían verlo. Nuevamente ¡Gracias México!

 

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